Mi vicio es sentir el contacto ajeno: una mano en el hombro, una palabra bonita, un gesto sincero, ....
Cualquier
motivo es bueno para sentir el contacto con otras personas; si hace
frío, se le da un abrazo; si está triste, le muestras una sonrisa. No
son cosas caras si les queremos poner un precio en metálico, pero para
algunos son cosas muy caras si no les salen del corazón.
Mi vicio me lleva a buscar cariño, a ser una
persona transparente y eso, a la larga, muchas veces se paga muy caro.
Pero siempre vuelve, siempre espero esa mano amiga o esa palabra.
Como creo que cada uno obtiene lo que da, me gusta tener siempre una
sonrisa en la cara, una palabra bonita, un gesto que haga que otros se
sientan bien, aunque uno no lo esté.
Quizá muchos piensan que son maduros, demasiado mayores para que
alguien, sin más ni más, les haga una caricia en la cara, les de un beso
de amistad o les diga algo bonito; para mí eso no es madurez, es no
dejar salir los sentimientos que todos llevamos dentro y que, de vez en
cuando, necesitamos que salgan.
Igual que reímos cara al público, podemos y debemos llorar y, cuando
menos lo esperemos, habrá una mano amiga que se posará sobre nuestro
hombro y nos dará la fuerza para que nuestras lágrimas se sequen.
Al igual que mi gato se sienta en mis piernas para que le acaricie y
después se va tan contento, yo también necesito esas caricias, las que
se ven y las que no.
Probablemente mi vicio, para algunos, sea una tontería, pero sé que para
muchos es una necesidad diaria y sé que no hay dinero en el mundo para
pagarlo, tan sólo intentar devolverlo.
Las personas pasan por nuestras vidas igual que pasan los años.
Somos miembros de la familia que formaron nuestros padres y, junto con nuestros hermanos y hermanas, o solos, es un núcleo del que creemos que nunca vamos a salir. Pero llega el día en que abandonamos el nido; nos hemos hecho mayores. La educación de nuestros padres nos ha marcado y nos ha enseñado cómo comportamos en la vida y, ahora, somos nosotros los que tenemos que afrontarla y saber dar lo mejor que llevamos dentro.
Creamos nuestras propias familias, y entonces nos corresponde a nosotros enseñar a nuestros hijos los mismos valores que hemos aprendido. Aquellos que les harán, en un futuro no muy lejano, abandonar el nido que hemos creado y volar solos.
Pero no todo se reduce a la familia.
En nuestra vida van entrando y saliendo personas ajenas a nuestro núcleo familiar: nuestros conocidos. He empleado la palabra conocidos perfectamente consciente de que no puedo decir la palabra amigos.
Amigo es una palabra demasiado especial, demasiado llena de valores.
Muchos son los conocidos con los que compartiremos momentos a lo largo de nuestro camino: aquellos con los que coincidimos en el colegio, los de la universidad, los que nuestra pareja trae consigo, los que hacemos en el trabajo, los padres y madres de nuestros hijos.
Estarán ahí en un momento puntual de nuestras vidas y tanto nosotros como ellos, nos utilizaremos: para dejarnos unos apuntes, para cuidar un día de nuestros hijos, para salir a tomar unas copas, o, simplemente, para extraer de ellos una serie de vivencias que nos hacen pensar.
Son personas que, durante una temporada, ocupan un hueco en nuestro corazón. Hacen que nuestra vida sea más cómoda, al igual que nosotros hacemos que la suya lo sea. Pero ¿hasta qué punto llenan nuestras vidas?.
Por otro lado están los amigos.
Es una palabra difícil de definir. Se puede emplear el tópico de que amigo es aquel que está en los momentos difíciles sin ser llamado.
No creo que esta sea la mejor definición. Para mí un amigo es aquella persona con la que puedo estar sin decir nada y respeta mi silencio y me comprende; es aquella con la que puedo estar horas y horas sin dejarle decir palabra mientras yo hablo y me comprende; es aquella que aunque discutamos, me vendrá a mí con el problema para entre los dos solucionarlo; es aquella que, de corazón, se alegrará de mis éxitos y , ni por un segundo, la palabra envidia se le pasará por la cabeza; es aquella que, en resumen, me aceptará como soy, y no me pedirá que cambie.
Me dejo muchas cosas en el tintero y sin embargo me sigo preguntando ¿realmente existen los amigos? Yo, por suerte, creo que sí.
Este mensaje es para todos los que han/hemos llegado hasta la
situación del sufrimiento, y hemos tomado la decisión de no aceptar mas
dolor. Queremos hallar felicidad, pero nos asemejamos al hombre que "cree
haber perdido su caballo, se pasa toda la vida buscándolo, y al final
descubre que siempre estuvo montado en el" (chuang Tzu).
Estamos
habituados a tener la atención dirigida hacia afuera, para percibir con
la mente todo aquello que es exterior a nosotros. Dejamos que la mente
interprete cuál es el mundo real. Permitimos que designe lo que somos,
según la comparación con las fachadas que fabrican los demás. Es la mente
quien decide si eres pobre o rico, bonito o feo, bueno o malo, poderoso o
miserable, inteligente o bruto. Y luego pasamos la vida anhelando ser
aquello que no somos, tener aquello que no poseemos y sufrimos enormemente
porque no podemos alcanzarlo.
Cuando construimos nuestra realidad con
la mente, el pensamiento siempre está en movimiento. Viajamos al pasado a
recorremos una y otra vez aquellos eventos traumáticos donde nos quedamose
atascados. Repasamos el dolor y dramatizamos diálogos interminables de lo que
podríamos haber hecho y lo que deberíamos haber dicho. En este proceso
perdemos nuestra salud, nuestra alegría, y el mundo parece gris y desabrido.
La
mente no sabe vivir el tiempo presente, porque está demasiado ocupada
para percibirlo. Si no está rebuscando en los archivos del dolor, estará
planeando el futuro dentro de los parámetros de lo que ya hallamos vivido.
Ella no tiene posibilidades de aceptar algo diferente a lo que ya
conoce, ni tampoco consigue manipular lo que vendrá para complacer nuestros
deseos y apetencias. Los pensamientos proyectados al futuro nos
paralizaran de miedo, porque se enfrentan con la incertidumbre. Y el
miedo es nuestro peor consejero, recuérdalo. Si lo aceptamos como huésped nos
atraerá precisamente aquello que mas tememos.
Cuando tomamos la
determinación de ser felices, solo hay un cambio que debemos hacer para
lograrlo. Usar nuestra facultad de atención, y dirígirla hacia adentro. Lo
primero que trascenderemos será el concepto del tiempo. Nos daremos cuenta de
que el pasado no existe ya y que, para ser libre, debemos diluirlo. Que
el futuro se sale de nuestras manos, pues su único elemento fijo es la
inseguridad. Es así porque la eficacia de nuestro aprendizaje depende
ampliamente del hecho de enfrentarnos con aquello que ignoramos.
Solo podemos ser feliz en el “aqui y el ahora”, que
es lo único que es nuestro. Ese “aqui y ahora” tenemos que vivirlo, no con
la mente y sus juicios interminables, sino con la conciencia de nuestro
cuerpo físico y nuestra inteligencia. Esto lo conseguiremos si cultivamos
la atención enfocada hacia nuestro interior. Desde allí se nos revelara un
universo nuevo, espiritual y perfecto.
El “aqui y el ahora”
nos permite disfrutar del regalo que son nuestros sentidos, el olfato, la
vista, el tacto, el gusto y el oído, que están ahí para realzar la
vivencia de las maravillas que nos rodean. Cuando la mente interfiera
para sabotear nuestra percepción, volvamos inmediatamente nuestra atención hacia el
cuerpo. Hay dos formas eficientes de lograrlo: podemos hacer conciente nuestra
respiración, o conectarnos con los latidos del corazón, tomándonos el
pulso.
Permitamos que el pasado se disipe con el convencimiento de
que siempre hicimos lo mejor que pudimos. El futuro dejara de
amenazarnos si sabemos que siempre estamos bajo el cuidado de la provisión
divina, que es perfecta. Nosotros pertenecemos ahora a la eternidad, que
equivale al enfoque consciente en el “aqui y el ahora”. Este es el
secreto de un hombre, que al acercarse el final de su vida sabe morir,
simplemente porque ha sabido vivir.
Cuando oyó la voz de aquella señora sintió miedo, era fuerte, con
decisión. No comprendía muy bien lo que quería decir. Hasta ahora estaba
acostumbrado a oír una única voz de mujer, una voz que sonaba con eco,
pero que le llenaba de amor, de tranquilidad,... Se sentía protegido en su cueva. A veces se preguntaba cuánto tiempo
estaría ahí. Le asustaba enfrentarse a lo desconocido. Tenía todo lo que
se necesitaba: agua, alimento y sobre todo, amor. Se reía recordando en las cosquillas que aquella voz dulce de mujer le
hacía con su mano. A decir verdad, nunca supo cómo era el tacto de su
piel, pero para él era suave, tierna.
Tenía pocos recuerdos: sus días pasaban jugando en aquella especie de
zulo en que se encontraba encerrado. Aprendió a dar volteretas, sin
saber que aquello que hacía se llamaban así; pero lo mejor del día era
cuando todo quedaba en silencio y, chupándose el dedo y colocándose en
postura fetal, se quedaba dormido. Pero aquel día todo era distinto y estaba muy asustado. Apretaba los puños con fuerza, sabía que muy pronto todo iba a cambiar,
que dejaría de dar volteretas, que su hasta entonces "hogar" cambiaría y
no sabía a qué iba a tener que enfrentarse. Volvió a escuchar la voz fuerte de aquella señora que decía: "Tranquila,
todo irá bien". ¿Cómo que todo va a ir bien?. Procuró olvidarse de lo
que estaba pasando y volvió a mirar aquellas paredes rugosas que la
había cobijado hasta entonces. No quería abandonarlas, tenía miedo.... Entonces todo tembló, sintió un fuerte dolor y vio una luz. Era algo que
le deslumbró y tuvo que cerrar los ojos. La puerta de su cueva se había
abierto y el río de agua que pasaba a su lado corrió hacia la salida
como una catarata dejándole sin nada para beber. Tuvo miedo. No sabía
que era lo que iba a venir después. La voz de la señora se hizo más fuerte: "Tranquila, tranquila, todo va
bien". Aquello resonó en sus oídos como un trueno. Recordó que una vez
oyó una música parecida, algo muy estridente y que se agarró las
rodillas para huir de aquello. Pronto algo le hizo volver a la realidad:
notó que tiraban de él, que le agarraban por los hombros y sintió un
dolor aún más profundo. La luz se hizo tan penetrante que apretó
fuertemente los ojos para que no le cegara. Durante unos segundos no supo dónde estaba, sólo oía voces y no podía
abrir los ojos. Sintió tanto temor que se puso a temblar. Tenía frío.
Sabía que ya no estaba en su cueva, pero ¿dónde estaba?. Cuando creyó que ya no podría resistir más aquella situación, oyó la voz
dulce de la mujer que hasta entonces le había hecho cosquillas que le
decía: "Bienvenido a la vida hijo mio". Y por fin, pudo saber cómo era
el tacto de su madre. Tanta emoción le hizo romper a llorar y todos a su alrededor rieron.
Te quiero. Más que a la vida que vivo cada día. Más que a los sueños creados y en los que creo. Te quiero más que a las canciones que escucho. Más que a los dolores intrínsecos de la vida. Porque tú eres vida, sueño, canción, dolor. Amor. Eres blues, Lolita, libros en estanterías, consejos del mes de abril, vacunas contra todo dolor, borrachera en medio de tanta cordura, lunes al sol, sábados de oficina. Todo lo que siempre he querido conocer, el miedo a fracasar, a hacerlo mal, a morir de amor. Eres una cita en cocheras que me hacen oler lo más bello de la vida, eres contradicción, cambio, equipaje y avión. El diario matutino, mi verdad, el afán por superarme. Café y cigarros. Lo que me gusta, lo que detesto. Cambio, otra vez cambio. Y tú lo has visto, cuando te dije que lo natural es odiarse. El cambio. Lo natural es quererte. Tú también pensabas antes de conocerme que lo natural es odiarse. Ambos lo pensábamos, andábamos buscando otro ser que buscase lo mismo. Y plof, o cataplof... (me encanta plof y cataplof. Plof, cataplof. Mola). Tú.
Cuando cumplí los cuarenta no noté
ninguna crisis ni nada por el estilo, pero a medida que va avanzando la
decena, comienzo a pensar por qué se habla de esa dichosa crisis.
La verdad es que es una edad extraña: los que tienes por delante
comienzan a irse y los que vienen detrás quieren independizarse: así que
tú pasas a ser muy joven para tus antecesores, que suelen decirte que
aún eres un crío, y muy viejo para tus descendientes, que te dicen que
no te enteras de nada.
Sinceramente, yo me sigo sintiendo joven, con ilusiones, con sueños y
con un futuro por delante que me traerá cosas maravillosas, o al menos,
eso espero; pero siempre tropiezas con el gafe de turno que tiene que
decir: los próximos en caer somos nosotros.
No te vistes con la misma ropa que tus hijos, porque sencillamente el
cuerpo se ha desbordado y no encuentras tu talla, pero lo harías con
mucho gusto; ni tampoco te vistes con la misma ropa que tus padres,
porque no quieres parecer un/a abuelo/a; así que impones tu propio estilo y
te pones lo que te da la real gana, que para eso tienes cuarenta y
puedes hacer lo que quieras.
Si sales de juerga una noche, te cuesta varios días recuperarte, y ahí
te das cuenta que el tiempo no ha pasado en balde; sin embargo, si te
quedas en casa, el cuerpo te pide que lo muevas y que, alguna noche, se
vuelva loco hasta el amanecer.
Comienzas a controlar el colesterol, el azúcar y hasta se te ocurre ir
al médico a hacerte una revisión, de cuyos resultados terminas pasando
olímpicamente y comes lo que te apetece, o en el peor de los casos, conoces las huellas que el paso del tiempo va dejando en el cuerpo.
En teoría es una edad en la que tienes libertad absoluta de movimientos,
sin dar explicaciones a nadie de lo que haces, de donde estás, de con
quien vas,..., pero tienes que estar pendiente de los mayores y de los
pequeños, así que tú ejerces el control de todo sin nadie que te
controle a ti, porque tampoco tienes tiempo para hacer lo que quieras.
Vuelves a recordar tiempos pasados en boca de los que te preceden y
todas las asignaturas del colegio o del instituto en boca de los que te
siguen. Mientras tú, intentas llenar tu cabeza con nuevos conocimientos
de las cosas que realmente te interesan.
Sigo sin creer en la crisis de la cuarenta, me parece una edad
maravillosa en la que aún podemos aprender mucho, de los de antes, de
los de después y de todo lo que nos rodea, eso que nosotros hemos
elegido y a quienes hemos acercado a nosotros.
Nadie más que uno mismo sabe cuales son sus
sufrimientos y sus penas; ese puñal clavado en el corazón con el que se levanta
cada día, que le acompaña a todas horas, que le hace soltar alguna que otra
lágrima.
Todos hemos perdido a alguien en esta vida y
lloramos su ausencia, y no me refiero únicamente a la pérdida física de los seres queridos, si no también y sobre todo, a aquellas pérdidas en vida de aquellos amigos, familia, hijos y personas que de una forma especial nos dejaron una huella imborrable en lo más profundo de nuestro corazón, rogamos por tener un minuto más para estar con ellos,
porque todo haya sido una horrible pesadilla de la que nos vamos a despertar.
Pero en nuestra vida cotidiana se nos plantean
situaciones que, aunque parezca mentira, nos hacen reír, disfrutar de esos
pequeños momentos que son mágicos, que hacen que la comisura de los labios se
eleve y nos volvamos a sentir felices. Y ahí viene el problema, ¿cuándo
consideramos un tiempo prudencial para volver a sonreír?.
Nuestro corazón está triste, los recuerdos se
agolpan en nuestra mente y creemos que no tenemos derecho ni fuerzas para volver a reír, a
que nada haga que ese dolor desaparezca de nuestro ser.
No hay un tiempo de luto concreto, el dolor de
algunas pérdidas se lleva para siempre, pero debemos volver a reír, volver a
sentir alegrías, volver a vivir. Nadie puede decirnos que no debemos disfrutar
de la vida; antaño quedó el año de luto que se mantenía. Ahora es el momento de
pensar en cómo nos gustaría que nos vieran esas personas que ya no están con
nosotros, con las cuales no compartimos nuestra vida.
Con toda probabilidad nos pedirían que sonriéramos, así que
hagámoslo: seamos felices por ellos, pero sobre todo, por nosotros. Nuestro
corazón seguirá triste y aprenderá a vivir con el vacío, pero en nuestra cara
debemos reflejar una sonrisa, es la mejor manera de continuar y rendir un
pequeño homenaje a los que nos dejaron, de los que nos alejamos, ellos también nos devolverán la sonrisa
desde allá en donde estén.
Soy un ciudadano de a pie. Una
persona normal y corriente de las que nos podemos encontrar en las
calles de nuestras ciudades o pueblos. Me siento privilegiado por tener
un trabajo, es un trabajo autónomo, algo casi milagroso en los tiempos que corren, pero es un trabajo. Tuve que abandonar un puesto de funcionario de carrera que era mi vocación, mi culminación profesional y personal, que empezó siendo el logro más grande de mi vida profesional, y acabó siendo el peor de los infiernos, y encima con el silencio cómplice de la mayoría de los compañeros; y que cambió mi vida completamente.
Ya habréis notado que no hablo nunca de política, ni de mis ideas sobre todo lo que diariamente acontece a nuestro país, y sobre todo lo que esto afecta a todas las personas que lo conformamos.
Por primera vez y, en lenguaje coloquial, me voy a mojar.
Estoy cansado de tanta hipocresía, de tanta mentira, de tanto tomarnos el pelo.
Un
señor, cuya fortuna está colocada en el número 134 de las mayores del
mundo, dice "lo siento" y ya todos tenemos que estar de acuerdo y
agachar las orejas y seguir manteniendo a una familia, si es que se le
puede llamar familia ya que cada uno va por su lado, que a mí no me
representa como español.
Esos señores que pregonan en sus campañas
electorales la solución a todos los problemas (los nuestros, porque
ellos parece ser que no tienen a la hora de vivir el día a día), tampoco
hacen que me sienta representado más allá de los pirineos o de los mares que nos circundan.
Prefiero ver a los jugadores de las selección de fútbol, a Rafael Nadal,
a Fernando Alonso y a otros grandes deportistas enarbolando la bandera
de mi país y escuchando con lágrimas en los ojos nuestro himno.
Prefiero escuchar a cantantes como Serrat, Sabina,
Plácido Domingo, etc, entonando sus canciones y recordando sus orígenes
en este país, el suyo y el mío. Prefiero a los científicos que han
tenido que marchar al extranjero, y siguen añorando su patria, y ahí
donde están trabajando para hacer un bien a la humanidad, siguen
recordando su tierra, esa que nosotros pisamos todos los días y a ellos
les queda tan lejos. Prefiero a los grandes escritores, a los
pensadores.
No entiendo nada de
política (de la actual política, y eso lo digo porque suelo releer a menudo a Platón, Aristóteles, Demóstenes...) y, sinceramente ha llegado un momento en que tampoco me
interesa, porque vivo en un país en el que la corrupción está a la orden
del día. Porque los de "arriba" pueden hacer lo que les pase por sus
honorables partes sin que nadie diga nada y, los que estamos "abajo"
protestamos, pero con cuidado, no sea que nos imputen por insultos a
alguien y terminemos entre rejas o pagando una multa que nos sirve para
vivir o, mejor dicho, para sobrevivir.
Me
canso de políticos que prometen y nunca cumplen, porque con los años
que tengo, he oído ya demasiadas promesas que nunca se han llevado a
cabo, pero eso sí, ellos tienen sus bolsillos bien llenos y no sacan el
papel para hacer cuentas e intentar llegar a fin de mes.
Seguimos
viviendo en el país de la dedocracia en vez de la meritocracia, y no tengo que alejarme de mi
ciudad para dar fe de ello. Tengo un dicho: "que jodido es ser de Algete y
tener memoria"; (esto se podría aplicar a cualquier pueblo o ciudad), pues yo la tengo y podría hablar de los que representan
a mi ex-ciudad y a mi ex-comunidad, (he tenido que abandonar recuerdos, vivencias y relaciones de más de 25 años de mi vida), pero ya he sufrido las consecuencias de haberlo hecho y no quiero volver a pasar por eso.
Me
siento español, me siento Andaluz y Madrileño, pero porque amo estas
tierras, porque amo este pais, sus gentes, sus contrastes; porque confío en la justicia (la verdad no mucho, pero no me queda otra) y en
su independencia (en no pocas ocasiones más que cuestionable) y porque como reza otro dicho "a cada cerdo le llega su
San Martín".